Que las
nuevas tecnologías están aquí para facilitarnos la vida es algo que todos
tenemos más o menos claro. Lo última facilidad que me han ofrecido, en este
caso mi móvil, es que ahora llevo los libros ahí guardados, con lo que puedo
leer siempre que quiera sin tener que cargar con el libro en el bolso. Ventaja,
sí, siempre que ese “siempre que quiera” no implique un avión. Y es que hace
cosa de dos semanas me encontré de repente en la dura situación de tener ante
mí dos horas y media de vuelo y la imposibilidad de leer por tener el libro,
como ya he dicho, descargado en el móvil. Sí, sé que algunas compañías te
permiten encenderlo en modo avión, pero no quería arriesgarme. Así que momentos
antes de embarcar me adentré en una de las muchas tiendas de Barajas para ver
si entre las estanterías encontraba algo no muy abultado que me llamara la
atención lo suficiente como para comprarlo y, sobre todo, para querer leerlo. Después de unos cuantos paseos, de
mirar una y otra vez las pilas de libros, de descartar algunos de los que más
me podrían gustar por su gran tamaño y cuando ya me había convencido de que ahí
no había nada que quisiera comprar, tras un último vistazo, ahí lo encontré. Lo
que me atrajo de él fue su título, pero aún tenía que pasar las pruebas del
viajero excesivamente cargado: sus 300 y pico páginas eran un tamaño aceptable
para llevar en el bolso, y su argumento… perfecto.