Cuando
era pequeña quería ser profesora. De inglés. Me gustaba enseñar sobre cualquier
asignatura (de letras), pero con el inglés me lo pasaba pipa. Pasaba horas y
horas amontonando a mis muñecos y peluches en la cama, escribiendo sus nombres
en un cuaderno, pasando lista, explicándoles les lecciones con mi pizarra,
poniéndoles deberes… Volvía del colegio y antes de comer era lo que hacía:
encerrarme en mi habitación y explicar la lección que tocaba. ¡Y todos
aprobaban siempre! Así de buena profesora era. Con semejantes aficiones, todo
apuntaba a que lo mío era estudiar magisterio, hacer oposiciones y convertirme en
profesora… Pero no.