Mira
que me gusta la historia de Reino Unido, pero el episodio del Titanic se me
resistía. Toda película que he visto sobre el tema (incluyendo y sobre todo la
archiconocida de James Cameron con DiCaprio y Winslet) me parecían un tremendo
aburrimiento. Agua, hielo y pocos botes salvavidas por todas partes. Y teniendo
en cuenta mi pánico al mar… imaginad lo poco que puedo disfrutar con algo que
pasa ahí, en medio del océano. Y para más inri, de noche.
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martes, 7 de agosto de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
La importancia de los secundarios
¿Nunca
os habéis dado cuenta de que hay series en las que el protagonista,
especialmente si además da nombre a la serie, mola infinitamente menos que los
secundarios? Perdón por el “mola”, pero es la palabra que mejor venía.
Yo de
pequeña siempre había tenido la idea de que si era el protagonista, es porque
su historia era la más interesante y por eso tenía que ser el personaje que más
gustara. Pero esa concepción se me vino abajo en mi tierna adolescencia cuando
viendo Dawson crece pensé: “con lo petardo que es este chico, ¿por qué no se
plantearon que esto fuera un ‘Pacey crece’ o
‘Joey crece’?”. Y es que, a mí, Dawson, más que darme ganas de crecer,
me las daba de cortarme las venas. Bueno, igual ha sido un poco exagerado, pero
es que no me negaréis que el chico era un angustias y de todo hacía un drama
(tal vez por eso de querer ser director de cine), y al final, como bien vieron
los guionistas, la historia que más entretenía era la de Pacey y Joey, los
amigos del prota, o sea: los secundarios (sí, y la de Jen, pero esa acaba tan
mal que mejor no recordarla).
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Confesiones impopulares (VII)
¡¡¡AVISO!!!
Entrada no apta para diabéticos.
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¿Alguna vez os ha pasado que en una serie o una película deseáis que dos personajes terminen juntos? No entiendes que no descifren las señales que se envían el uno al otro, sufres cuando por no entenderlas terminan con la persona equivocada, cuando se meten liantes de por medio… y finalmente disfrutas cuando acaban felices comiendo perdices. Vale, tal vez no os haya pasado y sea yo, que soy más romanticona de lo que me gustaría admitir.
martes, 22 de marzo de 2011
Loving Austen
Que me gusta lo inglés no es ningún secreto. No solo su idioma, sino también su historia, su gente, sus ciudades, su música…
Últimamente este gusto por lo inglés se está traduciendo en ver series y películas británicas. Empecé con Los Tudor en verano y en las últimas semanas en mi casa la televisión suele estar dominada por las adaptaciones que la BBC ha hecho de novelas de Jane Austen. Y, para desgracia de mi padre, mi madre también se ha contagiado por este gusto, con lo que nos pasamos las tardes-noches poniéndonos al día con las historias de la clase media-alta de la época. Y es que, por muy ñoñas que sean, los creadores han sabido dividir cada capítulo para que se te queden unas ganas enormes de poner el siguiente. Y si a esto añades que cada serie son un máximo de 6 capítulos, tienes la excusa perfecta para querer dar con ella en pocos días.
jueves, 3 de febrero de 2011
The Walking Dead
Lo reconozco: nunca me han llamado especialmente la atención los zombis. Nunca he sido una fanática de las películas del género, ni me he quedado hipnotizada con el videoclip de Thriller de Michael Jackson. Así que cuando oí por primera vez sobre esta serie, no me llamó mucho la atención a pesar de que decían que era buena. En ese momento no sabía si las opiniones escuchadas estaban condicionadas por venir de personas relacionadas con la cadena que la emite o si en verdad la serie era tan buena. Así que confieso que si me quedé con su nombre fue por el protagonista; y es que el-chico-de-los-carteles-de-Love-Actually (o lo que es lo mismo, Andrew Lincoln), como ya sabéis, me marcó mucho, y volver a verle fue especialmente grato. El caso es que el hecho de recibir más opiniones positivas (esta vez de gente ajena a LaSexta) hizo que la curiosidad aumentara en mí y me decidiera a querer verla.
jueves, 20 de enero de 2011
Crónica de un adiós anunciado
Nunca me han gustado los payasos. Tal vez sea porque hace muchísimos años una noche con mis primos, por casualidad, encontramos en la tele una película con un payaso y nos dejó a todos traumatizados por unos días. Como supondréis, la película en cuestión era It, y desde ese día, tengo que confesarlo, los payasos me acojonan un poco. A eso tengo que añadir que también me dan pena. De mi más tierna infancia tengo otro recuerdo relacionado con ellos. Esta vez no hay traumas, o por lo menos no tan grandes: yo tendría unos 9 añitos cuando mi tía le cantaba a mi primo una canción sobre un payaso llamado Bruno. No sé qué extraña razón me llevaba a llorar cada vez que recordaba la canción, ya que según la primera estrofa la canción, esta nos dejaba una bonita imagen de Bruno: era un payaso feliz, no tenía malicia ni sabía mentir, le gustaba la luna y las noches de abril y su único trabajo era el de hacer feliz. Pero a mí nunca me ha gustado quedarme con la superficie de las cosas y pensaba: y los días que Bruno no estuviese feliz, ¿también tendrá que hacer reír a los demás? Y lloraba. Lloraba porque no me parecía justo que a la gente no le importaran los sentimientos de Bruno y que, simplemente porque ellos querían divertirse, ignorasen los sentimientos del payaso. Y yo, entonces, me imaginaba a Bruno después de una función, después de hacer reír a la gente a pesar de que en ese momento no tenía ganas de ello, desmaquillándose y llorando. Llorando porque, a pesar de que había hecho feliz a alguien, él no lo era.
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