Entró en la librería como quien entra a robar un
banco. Nerviosa, mirando a todas partes, analizando a todos los que se cruzaban
con ella, asegurándose de pasar inadvertida, de no despertar las sospechas de
nadie. A pesar de su nerviosismo caminaba con paso firme, segura de cuál era su
objetivo y de dónde encontrarlo. Atravesó la sección de papelería, rebosante de
agendas, estuches, bolígrafos de diferentes colores y cuadernos de todos los
tamaños, para dirigirse a la cafetería, donde los clientes se arremolinaban en
torno a pequeñas mesas redondas charlando alegremente. Vio que ninguno estaba
solo, que la mayoría de quienes se cruzaban en su camino iban acompañados, y
los que no tenían compañía estaban lo suficientemente ensimismados en sus cosas
como para ignorarla. Bien, su plan marchaba a la perfección. Dobló la esquina
para enfilar, escaleras abajo, la planta inferior. Todo iba mejor de lo
esperado. A pesar de que creía que encontraría a docenas de niños correteando
entre estanterías con libros infantiles y pequeños peluches, solo se cruzó con
una madre acompañada por su hija. Podrían haber supuesto un riesgo si no fuera
porque, justo cuando ella dirigió la vista a su objetivo, oyó como la pareja se
disponía a acceder a la planta superior. Al fondo del pasillo solo había una
dependienta atareada en introducir los códigos de una pila de libros en el
ordenador. Caminó. Ya estaba ahí, frente a su meta, pero antes se volvió a
cerciorar de que nadie la observaba. La dependienta seguía a lo suyo, ningún
otro cliente en esa planta. Todo estaba saliendo a pedir de boca…